domingo, 28 de agosto de 2011

Marta siempre busca a alguien.

En el fondo todos queremos ser como Marta. Y Marta quiere ser como todos. 

Y es que al final, nadie quiere ser como es y todos quieren ser como es otro. O no. O si. O no se. 
La cuestión no es cómo queramos ser, sino cómo queramos que sean los que hay a nuestro alrededor. Marta tiene amigos, de eso no hay duda; buenos, no tan buenos, cercanos, algo más lejanos, de verdad, de pacotilla.... vamos, una amplia variedad que podríamos seguir etiquetando si de eso se tratara. Pero no. En realidad, para variar un poco, voy a contaros algo que Marta siempre dice. Y pide, y se deja llevar. Y busca un lugar de la ciudad dónde perderse y luego encontrarse, dónde hartarse, saciarse, y respirar.

Marta quiere disfrutar, reírse hasta no poder más; quiere a alguien que cuando se emborrache le lleve en brazos a casa, que le rompa y desgarre una y otra vez sus medias azuladas y que luego le compre otras. Que le haga el amor contra la pared y se meta con ella en la bañera, que se pierda para después rescatarla de entre los gigantescos y oscuros laberintos del callejero; alguien que monte sobre un majestuoso tigre blanco, que saque su espada y la defienda de espantosas víboras, crueles pirañas y temibles putas.
Alguien que con mil cajas de colores pinte y cosa disfraces en sus días nublados y los convierta en buenos y soleados, que no se enfade si no la entiende y no busque explicación concreta. Que le saque la lengua y le guiñe un ojo cuando se ponga tonta y le haga enmudecer hasta niveles inimaginables. Alguien que no piense que va a estar ahí para siempre pero que tampoco nunca lo dude. Que no le haga sufrir porque sí, pero que tampoco alardee y le venda amor eterno manoseado. Alguien que no la compre con fabulosos regalos pero que tenga mil detalles en papel pegados cada mañana en la nevera cual post-it amarillo se tratara. Que nunca disfrute viéndola llorar y le haga reír cuando las ganas sean nulas y ausentes.
Alguien que una noche decida perseguirla por las calles, la detenga, la mire y trate de conocerla de nuevo, que la coma con la mirada, que ella lo sienta y le tiemblen las piernas sin control. Alguien que esté loco por ella y no se olvide de decírselo los días de resaca, de trasnoche infinito y amaneceres de jolgorio. Alguien que nunca se canse de inventar nuevos nombres para despertarla, que si se pone animal, que solo sea en la cama y le asfixie a besos por la mañana.



Alguien que deje guiar sus pies, que se deje llevar a dónde sea sin preguntar a dónde va, ni tan siguiera si sabe que la dirección es el huerto de la esquina. 



Y es que Marta, en el fondo, mola.

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